Ocultar o aparentar aspectos de nuestra vida ante las demás personas se puede transformar en una cuestión de costumbres cotidianas, pero es justamente esta causa la que nos motiva a alejarnos de la posibilidad de conocer, y de que conozcan, lo que en verdad somos, con la multitud de virtudes y dones que nos caracterizan y nos diferencian ante el resto de la sociedad.
El error de sostener una imagen para aparentar algo que queremos ser, pero que en realidad no somos, produce en nuestra vida, y en la de los otros, una reacción inmediata cuyo principal efecto es la apatía y el distanciamiento, por el simple hecho de que las relaciones se construyen sobre un único elemento: la verdad.
Si no somos capaces de sincerarnos con nosotros mismos y con quienes acompañan nuestro transitar por la vida, nos alejaremos del íntimo deseo de mejorar nuestra condición humana.
La meta, en este caso, es poder funcionar como hombres y mujeres libres de apariencias, un objetivo que, en muchos casos, resulta difícil de lograr porque pocas veces nos preparamos para descubrir la condición en la que nos encontramos ante nosotros mismos y frente a quienes más nos conocen.
Por eso, es necesario realizarnos una pregunta trascendental; ¿hasta cuando llega la tolerancia sobre nuestra propia persona en la vida privada?
Sin lugar a dudas, el problema no es lo que ves de ti mismo, sino lo que no ves de ti, lo que te impide mejorar tu estado emocional, intelectual, y tus relaciones humanas.
Si en verdad buscamos ser personas exitosas en la vida cotidiana, nuestro comportamiento ante el mundo debería convertirse en un pedido de socorro para que alguien, de alguna manera, en algún momento, nos ayude a bajarnos del primer lugar cuando intentemos subirnos a él.