En cada momento emprendemos la inevitable tarea de elegir entre lo que creemos que es lo más conveniente para nuestras vidas y lo que rechazamos. En ese sentido, quienes trabajamos en un medio de comunicación social estamos, por así decirlo, "caminando sobre la cuerda de un equilibrista". Tratamos de transitar sobre la opinión correcta entre las muchas voces que giran en torno a una posición clave. Frecuentemente nos decidimos por lo que nos genera mayor empatía o nos brinda mayor seguridad. Sin embargo, el principio de la sabiduría está en la multitud de opiniones. Es necesario percibir que, en muchos casos, el rechazo a ciertas inclinaciones o decisiones tiene más que ver con el desconocimiento (o sea, con la ignorancia), que con la intención de "ajustarse" a una verdad. Por eso el gran problema del mundo es, en buena medida, un problema de comunicación. Con frecuencia, por el afán de querer ser objetivos, olvidamos tener presente el contexto cultural y las razones implícitas de quienes piensan aparentemente de una manera muy diferente a la nuestra.
En la sociedad actual, el diálogo, en su expresión original, es casi una utopía. En el afán de obtener soluciones rápidas cerramos las puertas a nuevas formas de mirar el mundo, lo cual, con el correr del tiempo, puede convertirse en una costumbre y como consecuencia, en un rasgo de una identidad que nos lleva al fracaso absoluto. Para evitar esta perspectiva etnocentrista, muy común entre nosotros, debemos comenzar a observar a la verdad como un proceso dinámico, sujeto a constantes variaciones, y no como una idea cerrada, estática, inmóvil.
Quisiera que se entienda bien lo que acabo de escribir. No intento con mi opinión negar la verdad absoluta, sólo trato de sospechar que nunca será completamente alcanzable, al menos mientras dependa de mis propias capacidades para conquistarla. Entonces, para que nuestras creencias no dependan únicamente de nosotros y de nuestra fragmentada mirada sobre la realidad, debemos aprender a dialogar en un proceso continuo que requiere principalmente de una sincera y profunda humildad, al punto de reconocer en los otros a nuestros maestros cotidianos. Este intento de adquirir saber nos ayudará a sobrevivir y, sobre todo, a salir ilesos en el desafiante mundo de las relaciones humanas del que participamos activamente.