Algunos tenemos la responsabilidad de describir, con la mayor objetividad posible, aquello que debe ser contado. En esta oportunidad quisiera referirme a una ciudad que, por distintos motivos, se está volviendo invisible, en donde una simple razón - individual y mercantil - no nos deja contemplar, por ejemplo, el añoso árbol que se hizo fuerte. Hay algo en el aire que nos dificulta, como escribió el padre Richard Cusching, "hundir nuestras raíces en los verdaderos valores del suelo de la vida, para que podamos crecer hacia las estrellas y hacia un destino más grande".
Al caminar las calles de mí ciudad, tuve esa triste sensación. Parece que prolifera la idea de que todo se agota aquí y ahora, en una desenfrenada carrera por la apariencia y el disimulo alienante. Y digo "desenfrenada", porque son cada vez más escasos los momentos en los que vemos calmar el alma. Quizás, porque busquemos la felicidad en el lugar equivocado: en la posesión material, en el crecimiento económico, en la competencia individualizante, producto de una agenda que el mercado y la razón secular organizó con sus propias prioridades. Y allí estamos como sociedad, cada vez más lejos de contemplar una flor, escuchar a un amigo y conocer la magia del sueño tranquilo.