Muchos vecinos coinciden en que en las pequeñas ciudades se conservan algunas buenas costumbres que casi no serían posibles en los grandes conglomerados urbanos. Por esta razón, las personas - principalmente los adultos mayores - están convencidos de que los pueblos son, de alguna manera, un buen lugar para vivir. No obstante, hay una característica global que considero está afectando ampliamente la identidad ciudadana. Me refiero a la incidencia de la lógica económica en los sistemas de vida actuales. Por lo general, éste es un aspecto que puede pasar desapercibido en el transcurrir cotidiano. Es decir, muy pocos se sientan a pensar en los daños que ocasiona el afán por el dinero, el poder o el reconocimiento público en los contextos locales.
Haciendo un poco de historia, se puede apreciar como las exigencias del mundo están modificando los parámetros de conducta del "ser", de modo que configuramos una personalidad basada casi únicamente en nuestra capacidad productiva mecanicista, y olvidamos, en ese complejo proceso, quienes somos, cuánto vale la condición humana y nuestra trascendencia social.
El hecho de no saber poner límites a una cultura de descarte, que produce casi exclusivamente en función de la acumulación de bienes y propiedades, nos obliga a evaluar seriamente qué legado estamos dejando a nuestros hijos y a pensar si, en realidad, nuestros afanes personales ocupan un lugar demasiado alto para nuestro frágil y diminuto ser interior.