Hacia una "cultura del encuentro"

Por Lic. Franco J. Roggero

Cuando alguien mira la vida desde el modo en que los aparatos publicitarios del poder político quieren que la mires será muy difícil beber de allí un poco de justicia, porque en la lucha desenfrenada por el poder se expresan actualmente los más grandes contrastes que hemos conocido, las rivalidades y las interminables discusiones que siguen siendo el alimento intelectual dispuesto para cada vecino.
Por lo general, la mayoría de los ciudadanos siempre se ubicaron al margen de la participación político partidaria. Ésta es una característica de las últimas décadas. De hecho, la militancia en Hernando nunca superó una décima parte del total de la población.
Sin embargo, desde hace algunos años se viene gestando, en el corazón del pueblo, una "grieta" cargada de ilusiones y desencantos, entre quienes expresan su apoyo al Gobierno y aquellos un poco más críticos. Pero lo que se puede observar, a grandes rasgos, es una forma de mirar el mundo inspirada en un pensamiento bidimensional, o sea, en dos dimensiones únicas, en dos posiciones absolutas: a favor o en contra de dos supuestos proyectos de pueblo.
En ese sentido, lo llamativo del pensamiento bidimensional es que está compuesto de dos partes que carecen de lo más importante: "carecen de profundidad", según explica el diccionario de la lengua española.
De hecho, puede que cualquier crítica o elogio que usted haga sobre la realidad social sea interpretado como una forma de estar a favor o en contra de un líder político u otro, como si todos fuésemos un grupo de apostadores esperando el resultado de una riña de gallos.

Allí nos colocó (o nos pretende colocar) a todos y a todas, la opinión pública nacional: de un lado u otro de una "grieta".
Los periodistas, a la hora de describir una realidad social, corremos el mismo riesgo, el de generar alguna sospecha sobre una inclinación política, cuando somos observados desde una perspectiva que solo está habilitada para pensarse básicamente desde los absolutos, sin lugar a matices, a mestizajes, a cruces amigables.
Una de las maneras de escapar a estas grietas instauradas en el seno de nuestra cultura es pararnos a pensar desde un lugar nuevo, desde el lugar del diálogo, del encuentro; no desde el desencuentro, como el sistema de medios masivos "de comunicación" nos tiene acostumbrados.
Hacerlo nos convertirá en vecinos y vecinas más inteligentes y honestos/as, porque el único modo de que una persona, una familia y una población crezcan; la única manera de que la vida de los pueblos avance, es a partir del desarrollo de una verdadera "cultura del encuentro", una cultura en la que todos tenemos algo bueno que aportar, y todos pueden recibir algo bueno a cambio. (P. Francisco, 2013) En ese sentido, el otro siempre dispone de algo favorable, cuando nos acercamos a él o a ella con actitud abierta y con menos prejuicios.