Signos de nuestros tiempos: "Hacerse grande"

Por Lic. Franco Roggero

"Estrictamente hablando podríamos decir que ahora vivimos en una modernidad tardía, puesto que el principio básico de la modernidad fue la autonomía del individuo y la libertad de la persona por encima de las exigencias de la tradición, la familia y la comunidad", afirma, Lucas Magnin, escritor cordobés.

Las demandas por una mayor autonomía del individuo y de las libertades de las personas resultan ser la síntesis de una nueva época de la que todos somos parte.
En los últimos años se viene pronunciando muy repetidamente entre algunos vecinos un slogan de la ciudad: "Hernando se hace grande", el que nos permite predecir nuevos desafíos como ciudadanos, en el marco de algunos cambios estructurales de la sociedad; y, a la vez, pensar en las transición social que implica no tanto el sutil crecimiento de la población, sino más bien el vertiginoso cambio de época en donde ser ciudad es también saber convivir en un lugar de encuentros y desencuentros, en la arena movediza que resulta la creciente polarización ideológica, muy contradictoria, por cierto, en cuestiones centrales para la vida humana y la convivencia social.
Podemos decir que "Hernando se hace grande" cuando existen proyectos vinculantes, en el que todos los sectores son, de alguna manera, favorecidos. Por ejemplo, cuando se avanza conjuntamente en algún pedido de justicia en favor de una víctima del delito, o para generar nuevos espacios de integración en beneficio de personas con discapacidad. Estos, sin duda, son signos de crecimientos reales que nos hacen "grande" como ciudad.
También algunos sostienen que Hernando, más bien, se está volviendo viejo, argumento que se expresan principalmente desde una población juvenil que sufre la ausencia de territorios comunes para el encuentro y oportunidades con otros jóvenes.
Mientras tanto, otros aceptan el fervoroso deseo de disfrutar los frutos de una modernidad. Entre ellos están quienes consideran que la novedad de una nueva era borrará la pesada herencia del pasado, y que vivimos el comienzo de una época signada por el auge de las libertades que censuraron algunas de las grandes instituciones sociales del siglo veinte.

Este último signo de los tiempos.

Quisiera centrarme en este último signo de los tiempos, el de la modernidad tardía (o lo que algunos autores también llaman: posmodernidad), y que Leonor Arfuch define como "la pérdida de certezas, la difumigación de verdades y valores unívocos, la percepción nítida de un decisivo descentramiento del sujeto, de la diversidad de los mundos de vida, las identidades y subjetividades".
En definitiva, si pensamos en un "Hernando que se hace grande", pensamos en una ciudad que crece. Y, si decimos que se "pone viejo", lo que estamos afirmando es que se paraliza en el tiempo, se queda inmóvil. Pero, si hablamos de que se vuelve moderno, no estamos diciendo, en realidad, que vivimos rodeados de una nueva urbanización más innovadora y de la siempre sorprendente revolución tecnológica. Lo que decimos es, más bien, que mucha gente no está contenta con el presente y que, por causa de esto, reclama un cambio de mentalidad.
Por eso es que se gestan espacios de protesta que apunta a derribar todo lo viejo. Un ejemplo de esto es la figura del matrimonio, tan popular y respetada en el siglo veinte, y hoy tan fracturada.
Como consecuencia de esta mudanza cultural, es curioso observar que mucha gente trata de superar las ideas progresistas y algunas tradiciones para lanzarse a todo lo que implique un camino alternativo de liberación.
No obstante, esta migración de la sociedad a nuevas formas de vida que tienden a resultar más saludables, trae consigo también una serie de creencias muy ligadas a lo abstracto; al hedonismo, con la promoción de relaciones fugaces y peligrosas; a placeres de corto plazo; y a otras formas de manejo de las emociones mediante nuevas terapias y prácticas que, de todo punto de vista, deben ser examinadas.
Hablar de una ciudad modera es también hablar, entonces, de una ilusión de libertad (o de una liberación siempre en construcción), ya que dichos aires de autonomía también se plantean como una imposición, no menos hostil de la que trajo el progreso del siglo veinte a estas tierras, con toda su carga cultural.
Lo que quiero decir es que, en la protesta colectiva de una sociedad moderna, sigue habiendo un creciente apego por el control sobre la vida humana, como ocurrió con las formas más antiguas de poder (como fue la iglesia católica en la Edad Media).
Los cimentos de esta nueva ciudad, que se entreteje bajo la moda del relativismo, la subjetividad y el mundo globalizado, tienen ese rasgo vinculante: la de una modernidad, en donde las demandas son cada vez más individuales y hedonistas, los reclamos son menos pacíficos, y los límites, que sostuvieron nuestros abuelos durante más de cien años en la esfera pública, pretenden ser sutilmente derribados, sin mediar consecuencias.