De vecinos virtuales: En la actualidad hay muchas formas de estar en la ciudad. Hoy no podemos pensarnos como ciudadanos sin identificar cuál es nuestro lugar en la red digital. De modo que deberíamos pensar en dos tipos de identidades como vecinos de Hernando: la corporal (o física) y la virtual, aunque ni una, ni la otra, funcionan de maneras separadas, como se nos quiso enseñar, ya que una depende constantemente de la otra, se nutren, se relacionan, se reconstruyen. La incidencia de la virtualidad, que nos permite acceder a una parte de la información personal de cada habitante, actúa en la ciudad como un tubo de almacenaje de sucesos que nos describen y que crean, en el entorno social, no sólo un perfil de usuario en internet, sino un tipo carcaterístico de ciudadano o ciudadana que es funcional a su participación como miembro de la comunidad local.
En tal sentido, podemos caer en el error de que aquellos que percibimos desde nuestra conexión en la red social nos contará fielmente la vida de cualquier vecino de la ciudad. Esto, si tenemos en cuenta que, lo virtual nos aporta mucha información sobre el otro, pero es también, en paralelo, un simulador eficaz que nos hace creer que nuestra mirada es completa y objetiva, cuando en realidad es el otro (quien es mirado) quien decide qué aspectos o estados de su persona merecen ser narrados.
La apariencia distractoria que ofrece la red social de creer conocerlo todo, funciona, en gran medida, como un elemento de simulación con un rostro de verdad, al punto que podemos terminar creyendo todo lo que se dice y se piensa sobre el otro por el simple hecho de haber leído algunas de sus publicaciones, cuando lo más importante y trascendente de la persona no necesariamente merece ser publicado, sino que el ciudadano decide fraccionar sólo aquello capaz de ser socializado.
No obstante, la red social no deja de ser una fuente de información para iniciar relaciones, captar amigos, generar negocios, contratar personal, pero significará un recorte minúsculo de lo que pasa detrás de la pantalla de otros.
La avenida de la virtualidad:
La gente en Hernando, desde hace varios años, ya no se junta tanto en los clubes barriales, ni hacen casi reuniones entre vecinos, porque ahora hay otro único lugar donde encontrarse: la ciudad virtual, donde entramos y salimos sin dar mayores explicaciones.
Ingresamos a esa nueva ciudad por su calle más concurrida, una "avenida de la virtualidad", desde un lugar que, en cierto sentido, nos hermana.
Con cuidadosa insistencia, se pasean por allí niños, jóvenes y adultos desvelados, que opinan de todo aquello que les parece atractivo, seductor y que hace que todo se frene algunos pasos antes de llegar a la línea que divide lo secreto de lo público.
En este observatorio virtual, que aparenta ser una copia fiel de la ciudad transitan los corazones encantados por la posibilidad de ser y no ser (casi al mismo tiempo), aquellos que corren, danzan y se inventan, en un gran escenario público, mientras, contradictoriamente, buscan esconderse para no ser del todo vistos.
Intento entender una ciudad donde la opinión y la fama de unos y otros puede demolerse con una simple frase, de un segundo para el otro. Y me refiero, como verás, a UNA ciudad y no DOS, porque es mentira que lo virtual se ubica de un lado y lo corporal o físico de otro, somos, en definitiva, una misma cosa. Las personas existen tanto dentro como fuera de la pantalla, son las mismas, aunque también, debemos reconocer, no son ninguna de ellas, en definitiva, pura ilusión. En la ciudad digital también hay basura, hacinamiento y un lío de cables interminables, aunque el lugar es cómodo y la estadía barata, sobre todo si se trata de opinar. Allí todos tenemos alguna oportunidad. Y es éste lugar donde me veo habitar, como dijo un amigo escritor, al referirse a la ciudad, en "una tibia tolerancia entre riqueza y miseria, que se refriega en bulevares, oficinas y centros comerciales que no alcanza para resolver el reclamo de los indignados y aquellos que no caben en los números del alegado desarrollo", porque allí también las personas buscan identificarse con los estereotipos dominantes de belleza y nadie se anima a desacomodarse para huir del ideal socialmente establecido, porque allí también la identidad ciudadana subyace como un imaginario que juega entre lo público y lo privado, en una comunidad de similares.