Trincheras virtuales

Por Lic. Franco Roggero

Escondidos en las trincheras virtuales, muchos vecinos levantan una guerra que, como resultado, termina incrementando el odio y la utopía salvífica de la publicidad política. En definitiva, un
"becerro de oro" construido a nuestra medida.

La amplia y diversa tecnología de la comunicación que nos rodea puede ofrecer muchas soluciones para la vida, pero también resultar en una terrible tentación a la hora de decir, por medio de ella, las cosas que no diríamos en un diálogo más humano, cara a cara.
De allí que muchas modalidades del decir hoy hacen estragos en las relaciones virtuales entre los vecinos, si son usadas como trincheras virtuales.
Hernando, por supuesto, no es ajeno a la creciente grieta social; y, con ella, a un evidente aumento de la intolerancia hacia el que piensa diferente.
Este clima tan hostil de polarización hace que muchos lleven la marca del "enemigo", porque cuando se percibe la realidad desde los fundamentalismos no hay manera de escapar de él. De hecho, todo lo que se dice en la esfera pública se adjudica a que eres parte de uno u otro bando. Inevitablemente, la construcción social te coloca de un lado u otro de la grieta, donde no existen lugares intermedios donde poder establecerse.

En el contexto local, vemos cómo las redes sociales cumplen la función de trincheras, una forma de disparar palabras con la intención de herir, pero también de protegerse de las consecuencias que podría ocasionar poner el cuerpo en la batalla, de tal manera que se ataca sin arriesgar la vida, como un verdadero juego de cobardes, de enemigos virtuales.
Lo que se logra, en fin, es sembrar el odio, de manera similar a lo que haría un terrorista: provocar heridas y que estas generen placer en quien las produce, una especie de "obediencia debida" al sistema económico y político, negando toda posibilidad de diálogo y la aceptación del otro desde el respeto y no desde la agresión desmedida.
Algunos se toman el trabajo cotidiano de salir al ataque y alimentar el fuego de una hoguera que arde sin piedad. Olvidando, sobre todas las cosas, la condición humana se han convertido en fieras salvajes. Es el caso de quienes ignoran un principio fundamental para la sana convivencia: "nadie es del todo sabio en su propia opinión".
El odio creciente en las redes virtuales es como el sol naciente. Llegó a ser "el pan nuestro de cada día", el alimento con el que nos alimentamos (o nos envenenamos) cada día.
Esos disparos están cargados con balas letales. Son las balas del guerrillero. No es mera expresión, sino violencia pura, la cual no quiere (ni puede) entender de diálogos, por sus arraigados deseos de superación y de conquista.
Esas palabras que se dicen desde las trincheras de la virtualidad no son nada inocentes, dejan secuelas. No son mera opinión. Son parte del sin sentido de la guerra. Existen para destruir todo lo que se le oponga, por temor a perder su vida. Es que el guerrillero ha hecho de su vida un "becerro de oro", un dios construido con sus propias manos, a su medida, al que cada día acude para postrarse a sus pies y rendirle las más delirantes pleitesías.