Valores de pueblo en vías de extinción

Por Li. Franco Roggero

A medida que las personas crecen, se van acostumbrando al lugar donde viven. Suelen haber motivos por los cuales las personas dejarían su lugar de origen: por razones familiares, por problemas de salud, por cuestiones laborales o por el crecimiento de la inseguridad. Incluso, mucho de lo que somos responde puntualmente a un comportamiento cultural. Es decir, nuestro sistema de creencias y valores se vincula con el medio ambiente que habitamos. De allí la lucha de algunos sectores por conservar las raíces culturales. Es que ven en ellas una condición positiva para la vida, mientras que otros prefieren ser más flexibles a los cambios, aún cuando se pongan en riesgo algunos principios fundamentales.
Profesionales de nuestro medio sostienen que existen al menos tres grandes valores que las nuevas generaciones venimos desatendiendo: en primer lugar, "la verdad". Es decir, el compromiso de las personas de mantener una postura firme y, con ello, evitar los problemas que pueden acarrear la simulación o la falsedad. Si bien, la mentira no es algo nuevo, hoy la vemos presente en los estamentos más altos de la sociedad y llegó a ser naturalizada como un juego de niños, poniendo en crisis un valor central para mejorar la sana convivencia. Como decían nuestros abuelos, se trata de "el valor de la palabra".
En segundo lugar, lo que comenzamos a descartar como pueblo es el valor por el bien común. Son principalmente los adultos mayores los que reconocen más fielmente esta enseñanza heredada de sus padres. Si bien no significa que las generaciones anteriores eran mejores que ésta, sí se forjaba un sentido de unidad mucho más sólido que el que percibimos en la actualidad, aunque se conserven algunos esfuerzos mancomunados solo por el hecho de vivir en una misma ciudad. No obstante, algunos piensan que, si parte de la ciudadanía de Hernando tuviera mayor apego por lo local y existiese un esfuerzo cooperativo todavía más amplio, podríamos disfrutar de mayores oportunidades para incrementar la calidad de vida.

En tercer lugar, hay una evidente reducción de la tolerancia. La gente vive más acelerada y presionada por las demandas de la cultura del consumo, lo cual hace que las personas no se tomen el tiempo para escucharse y todo se vuelva más impersonal e individualista. Esto podría terminar desarraigando a nuestras familias de sus más ricas y autóctonas tradiciones, dando lugar a generaciones mucho más fragmentadas, en un fenómeno en el que evidentemente todos somos desafiados.