Lo paradójico de la discriminación es que un extranjero maltrate a otro por ser extranjero. Los jóvenes de Hernando, que hacen diferencias a los compatriotas bolivianos, deberían tener muy presente que ellos también son, en una amplia mayoría, descendientes de inmigrantes:
A lo largo de nuestra historia se habló de racismo o xenofobia, ahora ellos mismos lo llaman bullying, pero solo cuando se da en el marco de un ambiente educativo. Nos referimos, en esta oportunidad, a la discriminación que reciben jóvenes bolivianos en nuestra ciudad y en otras localidades de la región.
Esta es una realidad de la que muy poco se habla. Incluso, porque las víctimas entienden que produce dolor y más aislamiento, sobre todo cuando se trata de una minoría con tan poca representatividad social como es la comunidad boliviana. De hecho, es muy difícil que se animen a decir lo que les pasa.
No obstante, una joven oriunda del vecino país, quien prefirió no publicar su nombre, explicó su realidad: "De mi parte como adolescente fuí muy discriminada, por el hecho de ser boliviana, tener un acento diferente y tener otra cultura que me hace ver otras cosas de manera diferente. En Hernando se ve la discriminación en la escuela, tanto primaria como secundaria. En mi caso, como otras chicas bolivianas sufrimos porque imitaban nuestra forma de hablar, lo cual a algunos les parecía divertido, además de burlarse de cosas que yo no sabía de Argentina por el hecho de ser de otro país".
Una de las características que se da entre los menores bolivianos es que son muy ignorados, muchos sienten un rechazo que quizás sea uno de los más injustos, porque se sustenta solo en razones étnicas como: el acento, el color de piel y otros rasgos similares, los que vienen a ser parte del amplio abanico de diversidad cultural que enriquece y potencia el desarrollo de cualquier sociedad.
Esto, hace que crezca en ellos un profundo sentimiento de desprecio, no solo hacia las personas puntuales que ejercen este tipo de violencia, sino también hacia el lugar que eligieron habitar sus padres antes de que nacieran o cuando eran niños y niñas.
El racismo nos atraviesa culturalmente, nos cuesta valorar como iguales a personas diferentes, pero lo que sucede en ciudades como la nuestra es que hubo chicos que debieron cambiarse de escuela por el acoso y la discriminación expresada por lo que se supone deberían ser sus compañeros de clases, sus pares.
Sin dudas que es el reflejo de una sociedad que aún tiene mucho que aprender en materia de valores humanos. No solo es un problema de los jóvenes. La amenaza que recae sobre los hijos de la comunidad boliviana en nuestra ciudad es una huella hostil de la historia que cíclicamente repiten las nuevas generaciones. Quizás ser descendientes de europeos todavía represente para algunos un mérito o un orgullo racial que da lugar a la dominación y al menosprecio de la dignidad humana.
"Yo pude ayudar a otras chicas que estaban pasando por lo mismo, en Hernando y en la región, para que no sufran tanto como yo la discriminación", indicó la adolescente a la revista.
Una de las medidas fue esperar un cambio de actitud por parte de algunos de sus compañeros, pero al no encontrar soluciones, lo que hicieron es cambiar de escuela. Es una realidad que no solo se vive en Hernando sino en otras ciudades pequeñas, donde la diversidad cultural es menor a los grandes centros urbanos y las minorías suelen estar menos integradas.
No es muy grande la población de jóvenes descendientes de bolivianos en Hernando, pero el número crece entre los menores de 12 años, quienes en un futuro (no tan lejano) deberán atravesar la adolescencia y seguramente sus padres no querrán que pasen por el escenario de hostilidad que debieron vivir algunas/os de sus hijas/os.
Los adolescentes que experimentan por situaciones similares desean dejar la ciudad que eligieron sus padres para crecer y trabajar. Una alternativa es volver a su país, pero también evalúan radicarse en una ciudad con mayor número de habitantes, incluso sueñan con la oportunidad de mejorar sus condiciones de vida en otro país extranjero, donde sus habitantes, a la edad temprana de la adolescencia, sepan abrazar, con brazos de amor, al inmigrante.