Trabajadores de la tercera edad

Por Lic. Franco Roggero

A paso lento, pero seguro, se los ve transitar de una punta a la otra la ciudad. Sus agendas no desbordan de actividades, ni se manejan con mucho apuro porque sus cuerpos avejentados no se lo permiten. Sin embargo, sus vidas aportan a la comunidad un reservorio de valores que almacena capital humano, honestidad, humildad y una sólida cultura del trabajo que resulta una rica enseñanza para las nuevas generaciones.

Si algo bueno hemos heredado de nuestros abuelos es la cultura del trabajo, que se extendió a lo largo de la historia a base de esfuerzo y experiencia ante las adversidades, ésto sumado a un gran sentido de pertenencia y vocación laboral.
Los fundamentos de nuestro pueblo fueron sostenidos por principios tales como la solidaridad, la honestidad y el deseo profundo de progreso, después de haber vivido experiencias muy adversas en donde abundó el hambre y el trabajo infantil en un ambiente muy hostil.
Estos vecinos, a lo largo de sus vidas fueron tejiendo un valor profundo por el trabajo y el servicio al prójimo, como parte de un quehacer cotidiano que dota de identidad y valor social a la persona, y que aún hoy muchos encuentran casi exclusivamente en los trabajadores de la tercera edad, quienes conservan una preocupación genuina por el bien común, que muchos de ellos expresan mediante el trabajo.
En materia productiva, este numeroso grupo de adultos mayores, emplean menos horas que el resto de los profesionales, pero en su lento hacer en la comunidad conservan un reservorio incomparable de experiencia y ofrecen un sentido de la solidaridad que los hace dignos de ser reconocidos por la población.
Los trabajadores de la tercera edad no solo se limitan a realizar un buen trabajo, sino que trasmiten con sus acciones un mensaje de ciudadanía, en especial a aquellos que se limitan a meras cuestiones especulativas, donde reina el amor al dinero y, con ello, un recurrente olvido del otro, aun cuando, en poblaciónes como Hernando, se vive a pocas casas de distancia.
Es que la vida productiva, reducida al plano económico, y el fenómeno de la interconectividad, nos hace personas muchos más exigentes y entonces la agenda de cualquier hernandense desborda de actividades porque depende del vertiginoso y competitivo sistema de lucro que así nos lo exige.
Por ello, ese grupo de plomeros, pintores, albañiles, electricistas, comerciantes, gente de oficio que son los adultos mayores incorporados al circuito laboral, representan una fuerza revolucionaria que prioriza la dignidad humana por sobre la explotación y el olvido del ser que propone un tipo capitalismo feroz que no da lugar para pensar en otra cosa que no sea la obtención de una abultada ganancia personal.

Por supuesto que los trabajadores de la tercera edad no trabajan solo para llevar el pan a su casa, porque sus jubilaciones, en la mayoría de los casos, son miserables, sino porque además se sienten útiles ayudando a los otros y no sufren tan cruelmente el estigma de no ser jóvenes, fuertes y vitales para el empleo por el que son contratados.
"Yo hago trabajos chicos, antes hacía muchas más cosas", nos explicó un abuelo de 84 años, que hasta hace pocas semanas se encontraba reparando instalaciones eléctricas. Sin embargo, su servicio es excelente y, por lo general ellos ofrecen una mano de obra más barata, a pesar de sus largas horas de trabajo y su vasta experiencia. Es que el capital que intentan hacer crecer es el de la dignidad y el servicio al prójimo, una modalidad bastante distante a la de un amplio sector del empresariado contemporáneo.
"Yo me siento útil, no sé qué haría si no trabajara", dijo otro de 82 años, quien tiene a cargo el cuidado de patios y jardines, intentando resumir la razón de su trabajo, seguramente, prefiriendo mantener a sus clientes a costas de ganar algunos pesos menos. "Mientras pueda voy a trabajar" es otra de las frases que se escuchan de boca de encargados de mantenimiento de espacios verdes, albañiles y empleadas domésticas en la ciudad, quienes ven cerrar el ciclo de sus vidas con más de 70 años sobre sus hombros.
¿Cuántas veces habremos escuchado, de nuestros padres y abuelos, la frase: "el tiempo pasa volando"? Así ocurrió con cada uno de estos trabajadores de la tercera edad que resultan de ejemplo para toda una población. Y así pasará con muchos de nosotros.
Por supuesto que hay dos motivos por los cuales trabajan los abuelos: unos son aquellos que disfrutan de su empleo, están contentos con las tareas que realizan y gozan de buena salud. A estos, negarles la posibilidad de trabajar sería como amputarles una parte de sus vidas. Los otros son los que están obligados a hacerlo por mera necesidad económica, los que deben producir ingresos, aun cuando sus cuerpos no responden como quisieran.
En ese sentido, deberemos reconocer que el tiempo nos engaña, nos hace creer que avanza a cuentagotas, pero sin previo aviso y de la manera más abrupta, pisa el acelerador. De pronto, nos damos cuenta de que el futuro que veíamos tan distante, se asoma en la siguiente esquina y quizás pronto seremos parte de este grupo de abuelos que empuñan su caja de herramientas, su traje de trabajo y su bicicleta para suplir la necesidad de algún vecino.
Ante semejante desafío, esperemos que como comunidad sepamos conservar el significado y el valor que supieron infundir este grupo de vecinos que nos ayudan a mirar con dignidad y no como una calamidad la acción sacrificada del trabajo.