La invisibilización del tráfico y el consumo de drogas, los riesgos de una narco-infancia, y un más fácil acceso a sustancias ilegales, representan un problema que necesita del reconocimiento y la ayuda de toda la comunidad, de una rehabilitación social. Es que, en un año se duplicaron las consultas por adicciones, con un nuevo agravante: la presencia de LSD.
La droga no es un problema que se combate desde un único frente, como por ejemplo las campañas de prevención. Las personas que ingresan a las drogas comienzan a desarrollar su enfermedad a partir de un contexto que le resulta hostil, que no lo satisface, por diferentes cuestiones: se sienten rechazados, menospreciados, poco valorados. Y lamentablemente este es, en gran medida, el ecosistema en que nos movemos los seres humanos. Si bien existe una predisposición mayor entre unos ciudadanos y otros, muchas veces condicionado por el entorno familiar, el problema con la droga-dependencia, como otras problemáticas sociales, se combate desde la infancia, creando contextos sanos de convivencia, en donde el valor de la persona y el respeto por la vida deben ser las expresiones de un lenguaje común.
En ciudades como la nuestra se habla de una carencia en materia de políticas públicas que luchen contra diferentes tipos de adicciones: el alcoholismo (desde la pre-adolescencia hasta los adultos mayores con problemas de este tipo que nunca son asistidos), el consumo precoz de marihuana, cocaína y ahora otros tipos de drogas de diseño como el LSD (dietilamida del ácido lisérgico: es una sustancia psicodélica semisintética que se obtiene de la ergolina y de la familia de las triptaminas y que produce efectos psicológicos que incluyen: alucinaciones con ojos abiertos y cerrados, sinestesia, percepción distorsionada del tiempo y disolución del ego, la alteración de la percepción, la conciencia y los sentimientos, además de sentir sensaciones o visualizar imágenes que al consumidor le pueden parecer reales pero que no lo son.), que, según César Tapia, titular de la comunidad terapéutica más cercana a nuestra ciudad, es el nuevo flagelo que debe asumir la sociedad local.
Sin embargo, la lucha contra el consumo de drogas es mucho más abarcativa e integradora. Es decir, no se limita a las razones directas del consumo que puede devenir de la atracción por sentir algo especial que hace que muchos chicos y chicas, y algunos adultos de más de cuarenta años, se inicien en el camino del consumo. Ésta es solo la parte más visible del problema. Existen otras muchas razones enraizadas en el entramado cultural de la ciudad que quedan ocultas a la luz del resto de la sociedad, como por ejemplo la promoción deliberada de una cultura hedonista, que premia la búsqueda de nuevos placeres como sinónimo de felicidad, las carencias afectivas que sufren muchas personas a una edad temprana, el maltrato intrafamiliar del que son parte muchos chicos/as y los consecuentes vacíos existenciales que dan lugar a: trastornos de personalidad, la carencias de proyectos de integración social y los ideales cortoplacistas que no miden consecuencias ni difieren entre "lo bueno y lo malo". El contra del consumismo desmedido, surgen algunas organizaciones de ayuda mutua que siempre son escasas, pero, no por eso, poco incluyentes. Muchas de ellas se desprenden de entidades religiosas y cuentan, en muchos casos, con los diagnósticos más precisos sobre la realidad social que vive el adicto, incluso más que algunos organismos públicos que van pasando mientras el problema del consumo, a medida que transcurre el tiempo, se acentúa. Éstas, por lo general, conocen los riesgos que asumen las nuevas generaciones. De hecho, el mismo Tapia aseguró a la revista que en el último año se duplicaron las consultas de padres por problemas de adicciones. "Llegamos a tener actualmente picos de consultas mensuales de hasta diez padres que nos cuentan la situación de su hijo", dijo a la revista.
El número es alarmante, pero lo que más llama la atención en esta comunidad terapéutica es el acceso a drogas de diseño como el LSD, que años anteriores eran muy difíciles de conseguir en Hernando. Y hoy, dentro de algunos grupos de jóvenes, es moneda corriente.
De allí que los peligros se incrementan notablemente. Una evidencia de esto es el aumento del consumo prematuro. Lo que podría llamarse "narco infancia", que es el acceso a la marihuana de niños menores de diez años. "Muchos de ellos comienzan probando alcohol y lo mezclan con marihuana, esto es algo que también comenzamos a ver", dijo en referencia a la comunidad local, teniendo en cuenta además las facilidades que los últimos gobiernos y algunos líderes políticos otorgaron al consumo del porro, qué según Cabrera, "lo que se logró fue darles una información inadecuada a los chicos".
Lo mismo expresó a la revista Miguel Cabrera, encargado de recibir a personas con problemas de adicciones de toda la región, desde su centro de rehabilitación, en Santa Rosa de Ctalamuchita, quien sostiene que "más chicos a más temprana edad comienzan a consumir. Estamos hablando de chicos de ocho o nueve años".
"En ciudades muy cercanas a Hernando vemos que el tema de la droga ha copado la localidad", sostuvo Cabrera.
Es que el mundo de las adicciones es actualmente un crisol multicolor: existen adictos eventuales de diferentes tipos de drogas, innovación en formas y condiciones de consumo, nuevas sustancias y una gran cantidad de personas, muchos de ellos adultos mayores, con problemas con el alcohol que no reciben ningún tipo de tratamiento y que, incluso, algunos son parte de lo normal en Hernando.
Como si esto fuera poco, los profesionales de la salud publica advirtieron una recurrencia de casos de coma alcohólico. Esto motivó a que diferentes sectores representativos de la ciudad se reunieran, entre ellos el municipio, la policía, la jueza de paz y otras instituciones intermedias para advertir, entre otras cosas, que la punta del iceberg parece que se encuentra demasiado profunda como para alcanzarla.
De todas maneras, ser rehabilitadores sociales es eso: ser parte del problema, ni más ni menos. Es que la realidad nos indica que vecinos, amigos, familiares y muchos otros que ocultan el problema del consumo están inmersos en un laberinto sin salida y otros tantos, muchos de ellos niños, están a las puertas de un futuro muy preocupante. No se entra al mundo de las drogas solo para autoflagelarse - porque es evidente que todo nace por un desprecio por la vida - sino también porque hay una necesidad cada vez más generalizada en medio de nuestra población que es tan invasiva como la moda, y allí es donde el ciudadano debe reconocerse como rehabilitador social, como un agente cultural para el cambio.