Gauchos en la era de WhatsApp, niños y adolescentes convertidos en estrellas del espectáculo, innovación y participación social, son algunos condimentos de una fiesta que lleva el sello de la historia y de una identidad ciudadana.
Sin perder la costumbre, pero siempre con el desafío de innovar, por estos días los hernandenses reviven el momento de su fiesta, muchos desde adentro siendo parte otros desde afuera, como público, sabiendo que todo lo que logra este evento es desarrollar un sentido de pertenencia a lo local. Representa el espacio y el momento oportuno para conocernos de un modo diferente. Es decir, el montaje que genera la fiesta nos permite ver el potencial cultural que nos rodea, pero que - en parte - nos resulta oculto durante el resto del año.
En ese sentido, ser Capital es una vidriera no solo para el resto de las ciudades del país y, en especial para nuestra región, sino para los propios hernandenses que se redescubren y se reinventan bajo el legado de la unidad cultural, en un contexto en donde las fiestas populares y las tradiciones de los pueblos se ven obligadas a convivir con el auge de grandes cambios en materia de territorialidad. Con internet y el desarrollo de los nuevos ecosistemas digitales hoy no solo somos ciudadanos locales, sino de cierta manera también somos habitantes de un espacio único y diverso que no tiene fronteras geográficas ni culturales.
El factor económico siempre tuvo que ver con la fiesta y su cultivo, pero no quisiera centrarme en eso, sino en el potencial ideológico que recuperan estas fiestas nacionales, cuyos organizadores tienen en sus manos la posibilidad de incluir, de dar valor y desarrollar una conciencia local vital para el crecimiento de las pequeñas ciudades del interior como la nuestra.