Ahora las pequeñas poblaciones rurales que rodean a Hernando vuelven a ser atractivas por ofrecer una forma de vida más tranquila, muy bajos índices de delitos y mejores precios para construir y alquilar.
Después del éxodo masivo del campo a la ciudad, producido durante el siglo pasado, algunos estudios sostienen que parte de los ciudadanos, cansados de los nuevos peligros de la vida urbana, (como es el caso del delito contra la propiedad) y de los altos costos de vida (entre los que se encuentra el valor de la tierra), podrían contribuir al renacer de las poblaciones más pequeñas, que años atrás parecían desaparecer. El aumento y la extensión de la conectividad digital, que brinda más oportunidades laborales y educativas, sumado al mejoramiento de las nuevas condiciones de transporte, son algunas de las causas de este fenómeno en virtuosa expansión.
Los efectos sociales de la pandemia y el crecimiento del delito en localidades de más de quince mil habitantes pusieron en evidencia lo que se vislumbra de manera progresiva desde hace algunos años: los pequeños aglomerados rurales, que rodean a Hernando y ofrecen una vida más tranquila, tienden a crecer, convirtiéndose en los nuevos puntos de atracción para vivir e invertir.
Hasta hace diez años atrás el fenómeno migratorio hacia ciudades con mayores opciones y servicios todavía era amplio y constante, pero según las propias autoridades de Punta del Agua, Las Isletillas y Pampayasta Norte (que son las de menor cantidad de habitantes en nuestra zona) el éxodo está experimentando un giro invertido y hoy, estos lugares, lejos de desaparecer, se fortalecen con mayores expectativas de crecimiento.
Estos conglomerados, de alguna manera, están unidos a nuestro acontecer urbano, pero con algunas diferencias. Para trasladarse al centro de Hernando deben tardar entre diez y veinte minutos.
Los tres asentamientos rurales se parecen en mucho. Son localidades, antiguas, con una rica historia; mantienen una tasa del delito que se encuentra muy por debajo de la media nacional.
En Punta del Agua y Pampayasta Norte, por ejemplo, no se registraron robos ni hurtos domiciliarios en los últimos diez años. Un dato que asombra a cualquier hernandense.
Para quienes sufren el trauma de la inseguridad éstas son algo así como una "tierra prometida" cerca de casa, en tanto ofrecen lo que muchos necesitan: tranquilidad absoluta y un entorno natural que resuelva algunos de sus problemas actuales, haciendo la vida más placentera, sobre todo para quienes se cansaron de los contratiempos de las ciudades, con su movimiento de gente.
Pero esto no es todo: la atracción por estas comunidades de entre cien y doscientos habitantes se debe también a que en localidades como la nuestra la adquisición de un terreno, para muchos, hoy es inaccesible. Sin embargo, en estos lugares el costo de un lote de 300 metros cuadrados se puede conseguir a un precio hasta diez veces menor al valor que encontramos en Hernando.
Las cortas distancias, las nuevas puestas en funcionamiento de conexiones de internet, las mejoras en los servicios públicos y la instalación estratégica de cámaras de seguridad, hacen que estos sitios se vuelvan más atractivos para quienes sueñan con una casa propia, una vida más segura e impuestos bajos.
Muchos creían que iban a desaparecer, pero hoy están creciendo.
Se trata de poblados que están habitados casi en su totalidad por familias que reciben algún tipo de ingreso de la actividad agropecuaria o ganadera, con un amplio margen de oportunidades de ocupación laboral, aunque siempre relacionadas con la actividad rural.
De hecho, en los últimos diez años, la población de Punta del Agua creció entre un 12 y un 15 por ciento, sin contar la gente que vive en los campos. En el ejido urbano el costo de los alquileres es más bajo que en Hernando, al igual que el de los inmuebles y la mano de obra para la construcción.
"Es muy tranquilizadora la vida en estos pueblos teniendo en cuenta que los servicios son hoy muy similares a los que tiene una persona que vive en una ciudad grande, como es el caso de la recolección de basura, riego, luz eléctrica, internet, telefonía móvil, sistema de televisión, la escuela secundaria, el buen estado de la ruta y la atención primaria de la salud", comentó el jefe comunal Daniel Cabrera a la revista, quien hizo especial mención a la gente que adquiere terrenos en Punta del Agua para edificar su casa de descanso, quienes producen otro aumento de la población los fines de semana.
En los últimos años, visitantes de Rosario, Río Tercero, Ticino, General Deheza, y del mismo Hernando construyeron una vivienda o tienen una pequeña quinta con animales de campo allí.
Algo similar ocurre en Las Isletillas, donde las consecuencias por la pandemia dejaron en claro que una buena conexión de internet permite cursar un estudio universitario o trabajar desde sus casas, aun estando en medio de grandes extensiones rurales, lejos del ruido y las exigencias de los centros urbanos.
Allí viven unas doscientas personas. Su presidente comunal, Claudio Boretto, destacó a la revista que la migración que se producía hasta hace ocho años se revirtió y hoy están nuevamente todas las viviendas ocupadas. Incluso, hay algunas familias en lista de espera que quieren radicarse en el lugar, pero no pueden hacerlo porque no tienen la capacidad de alojamiento disponible. El alquiler más caro allí es de siete mil pesos.
Boretto destacó el incremento del interés de la gente para la compra de lotes para la construcción que oscilan entre los 60 y los 80 mil pesos, dependiendo la ubicación y el tamaño del terreno. Tienen ese costo para incentivar la construcción, lo que explica esta tendencia de volver a poblar estas comunidades rurales, un fenómeno que ocurre en todo el mundo.
Incluso, Las Isletillas (cuya población creció un 25 por ciento en los últimos años) está trabajando en un proyecto de pavimentación de 17 kilómetros de ripio para agilizar el tránsito vehicular.
Cabe mencionar que esta localidad fue destacada por ser una de las diez poblaciones con los precios más bajos del país.
En busca de lugares seguros.
Por lo general, lo que ocurre estadísticamente es que los delitos se producen aisladamente en las casas de campo y no en las viviendas que se encuentran dentro de los límites del poblado. Si bien no se puede decir que existe un lugar enteramente seguro, estos asentamientos registran menos hechos delictivos que el resto de los conglomerados.
En ese sentido, la ecuación es sencilla. En primer lugar, la proporción de policías por cantidad de habitantes es altamente mayor. Por otro lado, estos pequeños pueblos, rodeados de campos y aislados de la circulación constante de gente, interrumpe la forma más común que emplean los delincuentes para concretar un robo: observar los movimientos de las casas para después ingresar a ellas.
Los mismos vecinos rurales lo explican: "la gente conoce los autos, los que entran y los que salen", algo que no ocurre en Hernando desde hace mucho tiempo.
El caso de General Fotheringham es algo diferente. Duplica la cantidad de habitantes de Punta de Agua y de Las Isletillas. Sin embargo, aunque registra algunos hechos delictivos en los últimos cinco años, aseguran que cuando una casa queda sola es muy común que los mismos vecinos hagan de custodios naturales, sin siquiera pensar en la posibilidad de un robo, por ser un hecho poco frecuente.
Con sus ventajas y desventajas estos pueblos ofrecen soluciones al siempre creciente problema de la inseguridad.
De hecho, semanas atrás, en el marco de la encuesta sobre "Bienestar y Calidad de Vida en Ciudades Argentinas", voceros de la "Fundación Colsecor" dieron a conocer que más de la mitad de las personas consultadas en distintos puntos del país manifestaron su deseo de mudarse a localidades más pequeñas.
La que más crece.
Por su parte, Pampayasta Norte es el caso más significativo en cuanto al crecimiento poblacional en nuestra zona. Si bien este lugar está más alejado que Punta del Agua respecto a Hernando, logró (desde el 2003 hasta hoy) casi triplicar su cantidad de habitantes. De 40 pasaron a ser 110, sin contar a otras cuarenta personas que se encuentran en un loteo que pertenece a la comuna, para el cual hay que transitar diez kilómetros para ubicarlo. Allí es común el robo de animales, pero no registra delitos domiciliarios en todo su historial.
Según informó la propia comuna ribereña, por lo general, este éxodo de la ciudad al campo se produce muy lentamente, aunque se están por edificar diez casas nuevas.
Lo que queda claro es que estos asentamientos rurales también evolucionan al ritmo de las grandes ciudades. En muchos aspectos, lejos están de quedarse en el tiempo como parecía que iba a suceder. Todos ellos tienen una buena calidad de servicios y la conectividad digital se iguala a la de las grandes ciudades, mientras son fortalecidos sus sistemas de atención médica y su calidad educativa.
La pandemia hizo que también los pequeños poblados reciban a los jóvenes universitarios que ahora viven nuevamente con sus padres, como ocurrió en Hernando, donde muchos pasan el resto del año tomando clases online.
Claro que un gran número de personas aun prefieren vivir en ciudades más grandes, pero también es evidente que en ellas no podrán dejar una ventana abierta durante las noches calurosas, ni las puertas sin llaves a la hora de la siesta. Tampoco podrán olvidar su bicicleta fuera de casa durante el resto del día, ni su moto sin candado o su auto sin la alarma encendida.