El camino hacia lo auténtico: un espejo convocante

Por Lic. Franco Roggero.

Resulta común que tengamos temores, que nos imaginemos escenarios terribles. Tomamos por costumbre fantasear con futuras enfermedades, supuestos problemas laborales, accidentes al transitar, y así construimos un devenir irreal. Pero, ¿por qué puede ser reiterativo eso de creer que nos sucederán, tarde o temprano, determinados eventos? Sin dudas que una de estas respuestas la encontramos en el propio temor como parte de la condición humana. Pero también es cierto que somos afectados por nuestros entornos: lo que escuchamos decir a otros, la información con la que nos nutrimos.
Se encuentra en plena expansión una industria del temor que condiciona nuestro sistema de pensamientos y, en definitiva, nuestras acciones y, a partir de la ideología del miedo (y del pesimismo) es que surge un abanico de propuestas que prometen felicidad y un futuro próspero, pero con motivaciones engañosas. Resultan ser como analgésicos insuficientes para complacernos: la adquisición de bienes temporales, ofertas para sentir placer, promesas de ganar dinero sin mucho esfuerzo, comprar el boleto correcto de la lotería, o recurrir a cábalas y amuletos que prometen acomodar el mundo a nuestro antojo. No podemos percibir, por la gran oferta de información falsa, que nuestro bienestar no tiene que ver con el tipo de acontecimiento que vivimos, sino con la manera en la que lo percibimos. Creemos que si las cosas cambian seremos más felices. Pero esto es un engaño tan viejo como el mundo. Siempre tendremos necesidad de algo. El secreto está en que esa necesidad no domine nuestra vida, no termine siendo nuestro centro de gravedad. Si no, por lo contrario, tengamos la posibilidad de desempoderarnos a tal punto de que entendamos que, de alguna manera, lo que vivimos es bueno y oportuno, a pesar de que no sea siempre agradable. En ese sentido, hay una clave que debemos descubrir y que el mismo sistema nos lo presenta como una debilidad y no como una fortaleza: la experiencia profunda de la humildad. Y ésta sí es la clave para un mejor vivir: nos aleja de los ideales nocivos que creamos y es la manera que tenemos de reconciliarnos con nuestro mundo interior y exterior. Experimentar la humildad verdadera nos conduce directamente a recuperar un capital en desuso: la autenticidad, el contacto con la realidad, algo que las modas pasajeras de este siglo verdaderamente detestan.