Cuando Giuseppe llegó al puerto de Buenos Aires, el 4 de diciembre de 1924, se sintió muy solo. Nadie lo esperaba, no entendía las conversaciones que oía a su alrededor y eso le produjo temor. Tenía 39 años, había vivido una guerra, y ante él se presentaba una cruda realidad: debía comenzar de nuevo, incluso aprender a hablar otro idioma.
La primera Navidad lo sorprendió en un banco de Plaza Once con un sándwich en la mano y llorando. Las cosas no fueron fáciles, pero trabajó sin mesura y logró destacarse como camarero en el Café Mayo (frente a la Plaza de Mayo). Ahorró peso sobre peso y un año más tarde compró los pasajes para que su esposa y sus dos hijos pequeños viajaran a bordo del barco Príncipe de Udine. Nunca regresaron a Italia.
¿Irse del país que generosamente los acogió y les dio la posibilidad de iniciar una nueva vida, lejos de las penurias de la guerra y el hambre, permitiéndoles progresar y darles una buena educación a sus hijos? ¡Imposible! Sin embargo, hoy sus descendientes están reconstruyendo el árbol genealógico a fin de tramitar la cittadinanza iuri sanguini (ciudadanía por derecho de sangre) para emigrar.
Se dice que el número de descendientes de italianos (y también de españoles), que emigran de Argentina va en aumento. Determinados medios de comunicación destacan algunos casos para crear opinión pública e instaurar la idea de que "todos se están yendo". Pero la realidad es que los argentinos que emigran son minoría. La gran mayoría se queda porque elige hacerlo. Otros, ni siquiera se lo pueden plantear porque no tienen los medios económicos necesarios.
"Para muchos, migrar es una moda", opina Guillermo Font, consultor psicológico (Psychological Counselor), con quien conversamos sobre el tema. "Hay gente que cree que la felicidad está allá, en otro lado, en otras circunstancias, y no aquí, en la cotidianidad del propio terruño. La migración de la clase media es un fenómeno de la sociedad de consumo."
Font vive en Agua de Oro, Córdoba, y tiene amplia experiencia en brindar servicios profesionales a individuos, parejas, familias y organizaciones del mundo hispanohablante. Durante la charla mantenida vía Zoom comenta que ha recibido consultas de personas con malestar existencial, que se irían para ver qué pasa, pero no porque estén viviendo una situación desesperada. "Todos los problemas permanecen dentro de uno, aunque te vayas lejos. La vida es relación, es comunicación. La vida es portadora de mensajes, nos habla. Podemos responder a la vida o reaccionar a ella. Responder es mirar el bosque; reaccionar es mirar el árbol seco dentro del bosque. Por ejemplo, le robaron a mi primo y reacciono ante eso y digo: me voy. Hay muchos espejitos de colores en este tema", dice.
Del otro lado del Atlántico, opina Verónica Rossato, comunicadora social cordobesa que desde hace algunos años vive en Italia: "Ningún proceso de migración es sencillo y no debe ser tomado a la ligera. Ir a vivir a otro país requiere planificar e investigar los pasos previos y lo que te espera al llegar. Actualmente muchos jóvenes vienen a Italia para tramitar la ciudadanía porque los consulados italianos en Argentina están saturados. Luego consiguen trabajo, principalmente en bares y restaurantes o como repartidores, y eso les permite pagar un alquiler compartido, hacer algún viaje corto, comprarse zapatillas de marca, pero no les da posibilidades de seguir estudiando, ir a la universidad, o trabajar en la profesión que ya tenían en Argentina. Es una pena porque pasados unos años se sentirán frustrados".
Algunas cifras.
El informe International Migrant Stock 2019 de la ONU señala que la emigración promedio por año en nuestro país fue de 10.365 entre 1990 y 1994; la cifra aumentó ligeramente entre 1995 y 1999 y alcanzó un pico de 50.564 emigrados en el periodo del 2000 al 2004. Este número se redujo a la mitad entre 2005 y 2009 y llegó a un mínimo de 1.746 entre el 2010 y 2014. Entre 2015 y 2019 la cifra subió a 13.320.
La Dirección Nacional de Migraciones ha recibido 57.737 DDJJ (declaraciones juradas) entre septiembre de 2020 y junio de 2021, pero no sabemos cuántas corresponden a personas que emigraron y cuántas viajeros que luego retornaron. Por su parte, la Cámara Nacional Electoral informa que durante el primer semestre de 2021 el número de solicitudes para certificar la no renuncia a la ciudadanía original del antepasado que migró a Argentina (requisito para que sus descendientes puedan tramitar la ciudadanía), fue de 4.154 formularios en enero y que la cifra fue en aumento mes a mes, hasta llegar a 7.242 en junio.
Por qué emigrar.
A decir verdad, España e Italia, los destinos más elegidos por los argentinos, no están entre los países más desarrollados de Europa. Verónica cuenta que a los italianos les sorprende que los latinoamericanos deseen emigrar a su país, cuando ellos quieren irse a trabajar a otros lugares de Europa. "Me dicen que hace veinte años la realidad era otra, pero que actualmente la economía y la política están muy mal", comenta.
Migrar puede abrir puertas a nuevas posibilidades. "Yo creo que hay que revisar las motivaciones - opina Guillermo Font-. Con mucho respeto hay que entablar un diálogo de concientización para que la persona pueda reflexionar y descubrir el por qué de su anhelo. ¿Te querés ir a vivir a Italia? A ver, contame: ¿Por qué te querés ir a vivir a Italia? ¿Qué estás queriendo evitar o qué estás pensando encontrar?".
Font y Rossato coinciden en que migrar tiene un precio: dejar el terruño, los afectos, el ejercicio de la profesión. Verónica dedica parte de su tiempo a gestionar actas de nacimiento y otros documentos necesarios para el reconocimiento de la ciudadanía italiana, y está en contacto con descendientes de italianos de diversas edades. Algunas parejas jóvenes, sin problemas económicos, ambos profesionales con buenos trabajos y con vivienda propia, argumentan que quieren emigrar para darles otras oportunidades a sus hijos. "No sé si consideran lo puede significar para los niños crecer sin familiares cercanos, sin tíos ni abuelos, sin primos de su edad. ¿Realmente vale la pena?", se pregunta. No obstante, reconoce que vivir en otro país durante algunos años enriquece y hace crecer. "Yo no solo hago trámites, sino que comparto mi propia experiencia y oriento sobre el choque transcultural que cada uno va a enfrentar de diferentes maneras. Hay personas muy agradecidas y he hecho amistades entre quienes me contactaron por un acta o un certificado", comenta con satisfacción. Quienes deseen comunicarse con ella pueden escribirle al mail: tango2006@gmail.com
Le dejamos la última palabra sobre este tema a Guillermo Font, creador y director de Pacificarnos (Programa de Acompañamiento Dialógico de las Relaciones Humanas): "No digo ´no hay que irse´, sino que animo a las personas a que se adueñen de sus decisiones. Si para emigrar debo construir un personaje, convertirme en lo que no soy, tarde o temprano mi organismo psicofísico me va a pasar factura".