La competitividad, un muro que construimos

Por Redacción hdo.com.ar

En el colegio, como en cualquier otra parte, se me incitó a ser el primero. Hay que ser el mejor tanto en los estudios como en los deportes. Cuando era joven era necesario que me esforzara para sobresalir, para ser apreciado por los superiores, para ganar y triunfar siempre, para recibir su admiración y ser promocionado, lo cual proporciona ciertos privilegios y un salario más elevado. Cada individuo es responsable de su propio éxito.
Efectivamente la competitividad tiene sus ventajas: el deseo (la necesidad) de ser el primero nos lleva a realizar esfuerzos, a ir hasta el límite de nuestras fuerzas. Esto permite luchar contra la pereza o contra un cierto dejarse llevar. La competitividad activa las energías; favorece el desarrollo de las posibilidades del ser humano y, por eso mismo, las posibilidades de toda la sociedad y de toda la humanidad. Pero si algunos ganan, la mayor parte pierde. La cultura lleva entonces a despreciar o a rechazar a los que no triunfan, a los que no pueden triunfar. La fuerza, la capacidad y la perfección pasan a ser los únicos valores. El que no puede triunfar carece de valor; está descartado. Este desarrolla entonces una imagen herida de sí mismo, se desanima y se siente incapaz, impotente, sin valor.
Aristóteles dice que cuando un ser no se siente amado, necesita hacerse admirar. Si no se es ni amado ni admirado, es como si uno muriera. El ser humano necesita la mirada de los demás, de esos que aprecian, que aman, que admiran, que confirman. Si esa mirada faltase, o si nos despreciara, si fuera temerosa, nos rechazase, o no nos mirase (como si uno no existiera), entonces se produciría un vacío, una angustia y una depresión. Estamos dispuestos a todo para encontrar una mirada que nos confirme y nos dé valor.
Se tiene el deseo de ganar personalmente un premio. También se quiere que el equipo al cual uno pertenece gane. Para estar convencido, basta ver con qué pasión algunos hombres ven en la televisión un partido de fútbol. Gritan, aplauden, lloran, viven mil emociones viendo a su equipo echándose sobre ese pobre trozo de cuero lleno de aire, para ganar o para perder. Las competiciones deportivas a veces son de una belleza excepcional; son de una perfección soberbia. Muy a menudo, no obstante, buscamos no la belleza, sino la identificación con el equipo que gana.
Cuanta más carencia existe de identidad personal y de éxito, más se hunde uno en el fracaso, más necesidad hay de identificarse con un grupo, con una clase social, una raza o una religión que gane. El amor a la nación, a la raza o a la religión pueden convertirse en un poder colosal para despertar las energías de los individuos y llevarlos a la lucha, incitarlos a utilizar todas sus fuerzas para que el grupo de pertenencia gane y supere al otro.
La necesidad de ganar y de triunfar puede estar también unida al deseo de tener una función que dé privilegios, ejercer el poder, imponer su voluntad a los demás. De esta forma, algunos ejercen el poder con el único deseo de mostrar su superioridad. Para tener la sensación de vivir, necesitan que su poder sea claramente significativo. Ejercen el poder gritando, rechazando toda permisividad o concediendo permisos sólo para tener éxito. Ejercen el poder no para conseguir el bien, el desarrollo y el crecimiento de los demás, sino para su propia gloria. Es uno de los peligros que acechan a los que quieren trabajar con los débiles: la necesidad de sentirse superiores, de imponer su plan, su visión, su libertad y su superioridad.
La necesidad de ganar es tal, en general, que los más pequeños desacuerdos pueden degenerar en querellas ásperas y fútiles. ¡Cuántas discusiones hoscas sólo para demostrar que se tiene razón, y todo por cosas insignificantes! ¡Cuántas disputas entre un marido y una mujer para demostrar quién tiene razón! Sentirse impotente, estar equivocado, no triunfar, llevan consigo un sentimiento de muerte. A veces estamos dispuestos a hacer trampas, a mentir, a utilizar toda suerte de medios injustos e ilegales para conseguir el poder, para ser influyentes y ser reconocidos y considerados.
Esta forma de hacer trampas y de mentir para conseguir el poder y conservarlo a cualquier precio se manifiesta particularmente en la vida política, que degenera rápidamente en una lucha y en una competitividad entre partidos y candidato. Se trata de engañar a todo el mundo, aparentar lo que haga falta con tal de obtener y conservar ese poder. Por esto los que ostentan el poder son inaccesibles; se esconden tras sus secretarias, los jefes de gabinete, la gente que los protege, a veces para ocultar sus incompetencias, su pobreza humana, su incapacidad de estar a la escucha o de utilizar el poder para servir a los demás según un fin determinado.

Para algunos, la necesidad de poder parece ilimitada. Quieren extender su imperio, su radio de influencia. Los dictadores o los jefes de la mafia son los ejemplos más evidentes de ese deseo desenfrenado de mandar, de ser como Dios y de no someterse a nadie. En muchos seres humanos se esconde un pequeño dictador. Quizá sólo ejercen el poder en un grupo restringido, con sus propios empleados, su mujer, su marido, sus hijos, pero el dictador está ahí, dispuesto a emerger para reinar, controlar, ser superior.
Un ancho muro separa a los que han triunfado de los que han fracasado. Por un lado, la vida, por el otro, la muerte. Y es necesaria la vida a cualquier precio, incluso a costa de la verdad, de la justicia y de la compasión. Vale más eliminar al contrincante, hacer ver que es malo, infundir sospechas sobre su moral y su vida privada, humillarlo, para ganar. Pero el número de los que están en el lado malo del muro no deja de crecer; se van uniendo. Su ira ante la injusticia se vuelve tan grande que un día la violencia estalla. Los oprimidos toman el poder. No obstante, a su vez, oprimen a los que los han oprimido, hasta el día en que los nuevos oprimidos hagan la revolución, y así es como la historia de su humanidad va cosechando siempre nuevas violencias.
En nuestro universo, existe lo alto y lo bajo, el sol y la tierra, lo bello y lo feo. Inmediatamente, los seres humanos se dividen en puros e impuros, en buenos y malos, justos y pecadores, capaces e incapaces. Un muro los separa. Los hijos de los buenos no deben jugar con los hijos de los malos. En el lado de los puros se desarrolla un sentimiento de superioridad y de orgullo. En el lado de los impuros, de los alcohólicos, de las personas drogadictas y de aquellas que viven una sexualidad alterada, crece un sentimiento de culpabilidad, de confusión, de desesperación y de depresión. Tienen una imagen rota de sí mismos.
Quizá todos conozcamos esta historia: un jefe de una empresa grita injustamente a uno de sus empleados. Este se siente lastimado, herido, pero no se atreve a responder; vuelve a su casa muy enfadado. La comida no está preparada y se enfada con su mujer, proyectando sobre ella sus angustias e iras. Ella, a su vez, no se atreve a contestar; encuentra a su hijo tomando cualquier cosa de la heladera y le grita. Él se calla, sale a la calle y da una patada a un perro. La agresión se comunica así de persona a persona, de grupo a grupo, de generación en generación. Provoca un miedo que a su vez suscita un deseo de destrucción. Siempre existe un último que no puede responder; recibe la agresión de los demás y se calla, lastimado. Ésta es, con frecuencia, la situación de las personas más vulnerables: los niños, los enfermos, los ancianos, o las personas que sufren una deficiencia mental.

Este artículo es una trascripción adaptada del
libro “Cada persona es una historia sagrada”.