Sobre la tranquila bruma del océano, María, una joven valiente de Italia, navegó hacia la promesa de una nueva vida en América del Sur. A bordo llevaba a su único hijo, su único tesoro y la principal motivación que le ayudaría a superar la travesía. Pero la tristeza oscureció su viaje cuando, sin previo aviso, el niño cayó enfermo y, en apenas unos días, dejó este mundo.
Ante su gran desconsuelo, en un gesto de respeto, el capitán del barco, con compasión en sus ojos, esperó hasta la luz del día siguiente. Y, envuelto en una sábana blanca, el pequeño fue entregado al abrazo del mar, convirtiéndose en parte de las aguas que conectan dos mundos.
Después de pisar el puerto de Buenos Aires, desconcertada, le recomendaron viajar hacia Hernando, con el dolor incrustado en su alma. Con el paso de los días, María comenzó a forjar una nueva vida.
Habían pasado casi 70 años de aquella ausencia trágica. Cuentan que, a la edad de 90 años, aún brotaban lágrimas de sus ojos al recordar la pérdida de su primer hijo. En este pedazo de tierra del sur del continente, ella encontró una gran medida de consuelo y amor.
María se casó en Hernando y, junto a su esposo, cultivó un hogar cálido en la vastedad de entorno rural. Su fuerza y tenacidad se manifestaron en la crianza de una gran familia. Fue madre de 12 hijos, entre ellos dos mellizas. Y, a través de los años, la tristeza se entrelazó con la alegría, formando una historia de inmigración.