En una remota aldea de las montañas de Checoslovaquia, nació un niño llamado Erwin Antoni. Creció entre campos verdes y bosques frondosos, junto a sus padres y sus dos hermanos menores. Pero la paz de su infancia se vio abruptamente interrumpida por el estruendo de la Segunda Guerra Mundial.
Una noche oscura, soldados checoslovacos, guiados por un comandante ruso, irrumpieron en su hogar. La violencia de la guerra se cernió sobre la familia Antoni, arrebatándoles a su padre, su abuelo y uno de sus tíos. Erwin, su madre y sus hermanos se vieron obligados a esconderse en un sótano, el único refugio frente al horror que asolaba su pueblo.
Después de semanas de angustia, lograron escapar y encontraron refugio en Austria, lejos de la devastación de la guerra. Allí, Erwin aprendió el oficio de mecánico, mientras su madre trabajaba en los campos para mantener a la familia. Pero el anhelo de un futuro mejor los llevó a Argentina, tierra de promesas y oportunidades.
Aquí, Erwin encontró un nuevo hogar y continuó con su labor como mecánico. Pero su corazón seguía anclado en su tierra natal, en Sklene, donde yacían los cuerpos de aquellos que habían perdido la vida en la tragedia de la guerra. A pesar de haber encontrado la paz en Argentina, una parte de él siempre anhelaba regresar a sus raíces, a pesar del dolor que ello conllevaba.
Con el tiempo, formó una familia en nuestro país, encontrando consuelo en el amor de su esposa Delmi y en el dulce vínculo que compartía con sus hijos, Gabriela y Maxi. Pero el recuerdo de la guerra seguía latente en su mente, recordándole la importancia de la paz y la reconciliación entre los pueblos.
En dos ocasiones regresó a Austria y a su vieja casa en Sklene, donde los susurros del pasado aún resonaban entre sus paredes.