Luciano, un niño de apenas nueve años, solía sentarse a la sombra del gran ombú en la plaza de Hernando, donde los inmigrantes piamonteses, con sus cabellos encanecidos por el tiempo y las nostalgias, se reunían en las tardes. Ellos, los que dejaron su patria en busca de un nuevo comienzo, compartían historias de su Italia natal. Y a veces, cuando la nostalgia era insoportable, entonaban una vieja melodía que, sin falta, arrancaba lágrimas a más de uno: "Ueh, paisano".
Luciano escuchaba aquella canción con atención. Le intrigaba el modo en que los hombres, normalmente rudos y firmes, bajaban la mirada al suelo mientras la cantaban, con sus ojos humedeciéndose. Era como si, a través de las notas, se abría una puerta invisible hacia un pasado distante.
El niño nunca comprendió del todo por qué esas palabras los afectaban tanto, hasta que una tarde, su abuelo le contó la historia de Alonso, un joven que llegó a Argentina con apenas una valija y una carta, la cual releía noche tras noche.
Alonso había dejado Italia sin saber que sería para siempre. Como muchos otros, había emigrado buscando un futuro mejor. Al principio, sus cartas a la familia eran optimistas, cargadas de sueños y promesas de volver algún día. Pero con el paso del tiempo, las respuestas fueron escaseando, y la distancia entre él y su hogar se hacía cada vez más grande. Finalmente, una carta llegó de sus hermanas, y fue la más dolorosa de todas.
La melodía de "Ueh, paisano" resonaba con cada palabra de aquella carta que Alonso sostenía con manos temblorosas. Decía:
"Querido Alonso, espero que al recibir esta carta te encuentres bien en esas tierras lejanas. Aquí las cosas no han sido fáciles, pero todos estamos tratando de salir adelante. Lamentablemente, tenemos que darte una triste noticia: mamá ya no está con nosotros. Su partida ha sido dura para todos, pero sabemos que ella te amaba y hablaba de ti hasta su último suspiro. Nos pidió que te recordáramos que siempre serás su niño. Papá está enfermo, y aunque no lo dice, su corazón se ha quebrado desde que te fuiste."
Alonso leyó esas palabras una y otra vez, hasta que el papel comenzó a desgastarse entre sus dedos. Las lágrimas caían sobre la tinta, difuminando las letras, como si el dolor quisiera borrarse, pero no podía. Desde entonces, su vida en Argentina se llenó de soledad, una soledad que resonaba en las mismas estrofas de la canción, donde cada palabra era una herida que recordaba su pérdida.
Luciano, ya más grande, comprendió la magnitud de aquel lamento cuando su abuelo le explicó la letra:
"Ueh, paisano, dimmi come stai,
cosa fai, cosa pensi del mondo qua.
Ma da mia madre non mi arriva più,
forse il tempo l'ha portata via".
Luciano pudo imaginar a Alonso en su pequeña casa de campo, sentado junto a la chimenea apagada, mirando el horizonte sin saber cómo regresar, ni si debía hacerlo. Cada noche, ese hombre releía la carta, y cada noche, al sonar las primeras notas de "Ueh, paisano", sentía cómo Italia, su tierra, se desvanecía un poco más en la distancia.
Luciano, al crecer, entendió que aquellas lágrimas no eran solo por la canción, sino por lo que representaba: la distancia, la pérdida y el anhelo de un lugar al que ya no se podía volver.