Daniel Rostagno dejó Hernando, su pueblo natal, con tan solo 12 años. En 1978, después de recibirse de arquitecto en la Universidad Nacional de Córdoba, se radió en Graville, a 350 kilómetros al Oeste de París, en la región de Normandía. Hoy se encuentra jubilado y disfruta de su ciudad, su familia y sus amigos. En una emocionante entrevista recuerda su infancia en su pueblo natal y nos invitar a explorar la actualidad de alguien que eligió un destino muy lejano para vivir.
Daniel, ¿qué recuerdas de tus primeros años en Hernando?
"Mi casa familiar, en la cuadra del 300 de la calle 12 de Octubre, colindaba del lado oeste con la hoy plazoleta, (la del inmenso eucalipto ya centenario quizás) que en aquella época hacía de patio y de terreno de juegos para la Escuela Fiscal contigua, y también para los chicos y menos chicos del barrio. A los cowboys y los indios, a las bolitas, a los autitos, a la pelota. En fin, a los juegos de aquellos tiempos y también a las peleas que solían aparecer como resultado de desacuerdos, celosías o entre grupos contrarios.
Esta vecindad debiera haber jugado para que mis primeros años de escuela transcurrieran en «la Fiscal».
En la casa vecina de la otra medianera, vivía una familia cuya hija, recientemente recibida de maestra, ocupaba su primer puesto como maestra en la flamante escuela Pizzurno. No fue muy difícil para ella, haciendo valer los lazos de vecindad de convencer a mi familia de inscribirme y así ganar un alumno.
¿El inconveniente? La distancia desde casa a la escuela; había que cruzar el centro. Siete cuadras en lugar del casi puerta a puerta con la Fiscal.
Esta situación, no obstante, me brindó la primera sensación de aventura, ocurrió cuando al segundo o tercer día, quise volver solo a casa al final de la escuela. Omitiendo esperar a Nelly, la maestra vecina encargada de conducirme. El regreso fue largo, las siete cuadras se transformaron en un largo y sinuoso camino para volver a casa. Mi único punto de referencia, desde la plaza San Martín, era la copa del eucalipto de la plazoleta que desbordaba generosamente sobre la vereda. Esto, según mi lógica infantil, permitía verlo desde lejos (la noción de lejos reducida a la escala de mi tamaño). Problema; en Hernando está particularidad no era una, tal paisaje era bastante común. Pienso haber «dado vueltas» al menos una hora, o más, hasta que Carlitos Mayón, compañero de escuela de mi hermana Martha, me reconoció, me cargó en el caño de la bicicleta y me depositó en casa de mi tía.
Mezclado con el gusto de bife con huevo frito que me ofreció la tía, me quedó un poco el de vergüenza, pero más el de orgullo por el intento.
En el Pizzurno, tuve mi primer contacto con el idioma francés, en inferior o en superior. Elsita, maestra adorable, nos enseñaba algún canto, quizás algunas palabras y frases de la lengua de Molière, «bonjour» «voiture», ya no recuerdo precisamente.
En segundo grado integré a la Fiscal. A pesar de haber creado alguna relación de amistad con los chicos de la escuela Pizzurno, sentía, y a pesar de mi niñez, que la población que frecuentaba la escuela fiscal, correspondía mejor a mi origen social.
No creo estar muy lejos de la realidad si digo que, en esos tiempos, la gente más pudiente y de mayor estatus, contrariamente a lo que hoy ocurre, vivía en el «centro».
El cambio de escuela, no obstante, fue acompañado de una gran pérdida; los caramelos de leche que Don Pololo, cuya panadería, fábrica de dulce de leche y de caramelos, estaba pegada al Pizzurno, me regalaba cada día.
Frente a la escuela Fiscal, vivía Don Villegas, quien a cada recreo, con su canasta con golosinas, alfajores y criollitos, atravesaba la calle y a través del tejido se ocupaba del enjambre de chicos que se precipitaba sobre sus provisiones. Así, los años escolares transcurrieron, cuando llovía, construyendo barquitos, una planchita de madera, un mástil y papelitos de color, concursando para definir el más lindo, haciendo carreras en las corrientes de agua que se formaban en las alcantarillas. Cazando sapos en las lagunas de las afueras del pueblo, como el día que me metí al agua con mi primer pantalón largo, recién comprado. Me costaron caros los sapos de vuelta a casa.
Cuando los manizales crecían, tapizando el paisaje de rayas verdes y marrones que dibujaban, los surcos sobre hectáreas y hectáreas, la ocasión se presentaba para obtener algún pecunio a cambio de horas y horas de caminar, azada en manos, desyuyando cada surco. La ida y vuelta desde el pueblo hasta el campo, la aseguraba Mario, mi hermano, que me transportaba en el caño de la bicicleta.
Cuando la cosecha del maní se terminaba, otra fuente de «ingresos» se presentaba. Escondidas entre los rastrojos que cubrían los potreros, quedaban, como pepitas de oro, las vainas o cajitas de cacahuete. La máquina no lograba totalmente digerirlas. Volvíamos a casa con la nariz y los ojos barrosos, los dientes arenosos por la polvareda, pero las bolsas de arpilleras llenas de maní que, al día siguiente, lo vendíamos en la cooperativa.
En Hernando, de las horas de la siesta veraniega, cuando ni los lagartos se asomaban por el calor reinante en las calles poco arboladas, afanando duraznos y del invierno de mejillas y labios paspados y manos y orejas con sabañones, afanando mandarinas y quinotos, mi niñez transcurrió feliz."
¿Qué momentos o personas de esa etapa de tu vida te marcaron de manera especial? ¿Cómo fue para ti la experiencia de vivir en un internado durante tu adolescencia?
"Varias fueron las personas que de una u otra manera marcaron mi niñez. Más allá de los familiares más cercanos, alguien que me abrió ventanas hacia el mundo, fue Don Sabino Ferrero, gran pintor, poeta y contador de las historias del pueblo.
Tomé clases de dibujo con él, en su casa, creo en calle Italia, en ese lugar que en mi imaginación era algo así como la caverna de Ali Babá. Allí abundaban los libros, los cuadros, suyos y de otros pintores, bellos y múltiples objetos de colección, todo tan ajeno a mi mundo cotidiano. Lo que más me había impresionado, fue el caparazón de un tatú carreta en medio del salón.
Al final de la primaria, partí a la Escuela Nacional de Minería de San José de la Quintana, fue una elección muy acertada de parte de mi hermana Margarita. La ventaja de esta escuela, otra del título que otorgaba, Técnico en Minería, era que comportaba un internado.
Las vicisitudes de la vida, hicieron que fuera Margarita la responsable de nuestras vidas, la de los tres más jóvenes de la familia.
Mi hermano Mario, hacía ya tres años que había integrado esta escuela, esto facilitó mi llegada y mi integración. El daba continuidad al sentimiento de protección necesario para un niño de doce años.
Esto lo podía comprobar a diario observando los camaradas originarios de provincias bien lejanas; Misiones, Neuquén, Salta, Jujuy, que tenían sin dudas razones de sentirse solos.
Si bien era el origen más o menos modesto de cada uno lo que nos reunía, las posibilidades de visita a la familia eran diferentes. Para los chicos de Jujuy o de Misiones, la única posibilidad de volver a sus hogares, era para las vacaciones de julio. Esta realidad fue sin dudas, la que creó, más allá de competiciones, celosías, desafíos, una constante; la solidaridad entre los pupilos."
Pasar de Hernando a una escuela en Quintana debió ser un cambio grande, ¿cómo lo viviste y qué aprendizajes te dejó?
"Como mencioné, el cambio de entorno fue positivo. ¿La vida misma nos habría dotado de una precoz madurez? Seguramente. En ningún momento sentí el internado, o el alejamiento de la familia, como un «castigo» o de imposición, imagen a menudo presentada en la sociedad.
Además, salía de esta manera del esquema social y cultural que presentaba el otrora pueblo de Hernando, donde los códigos y referencias se perpetuaban, evolución propia a un modo de desarrollo en una especie de burbuja. Contrariamente a la actualidad los medios y modos de comunicación eran más limitados.
El internado y más aún la escuela, con su población de alumnos y profesores venidos de distintos orígenes, nos permitía comprender que el mundo no se limitaba solamente a la visión que forjara nuestra vida en Hernando.
También fue importante el cambio geográfico, al paisaje de llanura de Hernando, se sustituyó el de las primeras estribaciones de las sierras cordobesas. Los riachuelos, el lago, los bosques, las horas de pesca, las noches pasadas en pequeñas cavernas formadas por las rocas, durmiendo sobre la arena, alrededor de una fogata, luego de saborear el producto de nuestra pesca. Que más puede pedir un niño camino a la adolescencia.
El descubrimiento de la naturaleza acompañado de la aventura. Luego, otros centros de interés se fueron agregando. Ir a bailar a Alta Gracia, a la Confitería Rose Mary, a ver carreras al autódromo O. Cabalen, o a ver pasar los rallys sobre la ruta entre Anizacate y La Bolsa. Este tipo de salida, implicaba buenas caminatas, de 20 o de 40 kilómetros ida y vuelta, lo que al hacerlo en grupo tenía un gusto particular de alegre aventura.
Muchos fueron los beneficios que me aportó este periodo en Quintana, que se extendió durante seis años; tres internos y tres al exterior."
Después de estudiar en Córdoba y graduarte en arquitectura, tomaste la decisión de mudarte a Francia en 1978. ¿Qué te motivó a dar ese gran paso?
"Creo que la motivación principal fue la misma, la que sin dudas había sido menos elaborada, que me llevó a partir de Hernando cuando tenía doce años.
La necesidad de ir a conocer los lugares de donde mi padre era originario; en la región del norte de Italia, la situación política que atravesaba el país, la dictadura militar, me confortaban en tal proyecto. La concretización vino de la mano de quien sería luego mi esposa. Cinco meses antes de terminar mis estudios conocí a Martine, joven francesa, que terminaba su estadía de tres años en Argentina, con quien nos cruzamos en algún lugar y de manera inverosímil. Nuestros destinos tomaron un rumbo común."
¿Tenías claro que querías vivir en el extranjero o fue una oportunidad que surgió de manera inesperada? ¿Cómo fue tu proceso de adaptación en Francia, específicamente en Granville?
"La idea de partir, implicaba, también, descubrir la cultura europea, que había contribuido a lo que es nuestra cultura de argentinos, y aprovechar para realizar una experiencia profesional.
Delante esta multitud de ideas, y la proyección de realizarlas en terreno desconocido, el entusiasmo no me impedía de pensar la pregunta: «¿qué pasa si las cosas no se presentan como lo esperas?», y que a la vez los demás se hacían.
Tuve la suerte desde niño, de contar con alguien, quien más allá del afecto que me brindaba, siempre me dio confianza y me alentó a ir hacia adelante.
El formar pareja con alguien originaria de otro país, implicó definir objetivos comunes. Que mi compañera fuera francesa, facilitaba, la instalación en Francia. Esto permitía un primer contacto, más simple, con las tierras europeas. Luego de un corto pasaje por París, llegamos à Granville, ciudad con una dimensión más humana, cargada de historia y belleza natural y cultural, con su puerto y su mar como apogeo. Sin conocer el idioma, la relación con sus habitantes fue posible, la buena voluntad hacia el extranjero, la existencia del puerto implica siempre una apertura diferente hacia el desconocido, las mímicas y las manos, son excelentes paliativos para una mínima y suficiente comprensión.
Una cierta facilidad a ir hacia las otras personas, facilitaron sin dudas los contactos. El tiempo necesario para obtener las autorizaciones administrativas para trabajar, me permitió familiarizarme con los lugares, las formas de comunicar de la gente, y también, de establecer una red de contactos profesionales que, una vez mi situación regularizada, facilitaron mi integración. Entre tanto, como para aportar algo de mi cultura a esta sociedad que tan abiertamente me recibía, me dediqué, con la ayuda de Martine, a hacer empanadas, dulce de leche, y alfajores de maicena, símbolos de Argentina, que vendía en el mercado. La gente siempre fue más receptiva a estas propuestas que al mate. En general no logran comprender nuestro entusiasmo por tal amargura.
Desde el primer día que visitamos Granville, quedamos atrapados por su encanto, el borde del mar era una condición de elección de nuestro lugar de residencia. Nos acogió, nos brindó la amistad de sus habitantes, nos motivó hacia el futuro. Aquí construimos nuestras vidas, nacieron nuestros hijos, también ellos muy atados a la ciudad.
Creo que aquí estaremos hasta el final de nuestros días, en algún momento partiremos como los isondúes a jugar con las estrellas y a observar desde allá arriba esta hermosa Tierra.
Más allá de los caprichos e insensateces de los hombres, que podría llevarlos a su extinción, ella les sobrevivirá.
Aunque el panorama parezca desesperante, pienso que el ser humano cuenta con recursos de sabiduría y de preservación, que nos permiten esperar una salida.
Siempre tuve una posición optimista, seria triste de perderla a mi edad."
A nivel cultural, profesional y personal, ¿qué desafíos encontraste al instalarte en un lugar tan diferente de Argentina?
"El primer inconveniente, por cierto, fue el idioma, que una vez que comencé a trabajar, la adquisición fue más rápida. El resto no lo viví como un desafío, más bien como una necesidad de responder a la confianza que la gente me brindaba. La noción de desafío puedo sentirla, si, cuando se presentó el momento en que decidí instalarme a mi cuenta. El sistema de proteccionismo profesional francés no reconocía mi diploma de arquitecto obtenido en la Universidad Nacional de Córdoba. Luego de trámites más o menos complejos, y que no dieron resultado, logré que me reconocieran el diploma parcialmente, no obstante, para obtener la equivalencia estuve obligado a presentar lo que en Argentina llamamos «La Tesis», la que me demandó algo así como dieciocho meses para realizarla, ya que la hacía paralelamente al trabajo en freelance.
Un esfuerzo moral muy importante que familia y amigos me ayudaron a sobrellevar. Esta experiencia, me permitió, más allá del resultado buscado, el diploma francés, de realmente mejorar mi domino del francés, más que todo escrito."
Desde 1988 dirigiste tu propio estudio de arquitectura en Granville hasta tu jubilación en 2017. ¿Qué te dejó esta etapa profesional en Francia?
"El ejercicio de la profesión de manera independiente, fue facilitado por la posibilidad de trabajar en asociación o en freelance con otros colegas.
La demanda de proyectos fue en constante crecimiento. Al ampliarse la clientela, el tipo de proyectos también evolucionó, pasando de la comanda privada a la pública, edificios institucionales, deportivos, sociales, etc. Los treinta años de ejercicio me dieron la satisfacción de haber logrado mi meta, de haberme integrado tanto en el medio profesional que en el particular a un modo de funcionamiento de una sociedad en la que los códigos y normas difieren de los nuestros. Esta experiencia de vida hizo que hoy, no podría definirme como argentino o como francés.
El mestizaje, innato para mis hijos, hizo su obra, a través del transcurso de mi vida, en mi persona. Ya no logro sacar conclusiones de las eventuales comparaciones entre lo que puede ser vivir en Hernando, o en Argentina de manera general, y de vivir en Francia. Durante mis primeros años aquí, me parecía posible.
Mas allá de cómo viví mi experiencia, que comenzó en un momento aún propicio, las sociedades y las políticas de los países contemplaban la aceptación del extranjero en tanto que acto de una posición universalista y de solidaridad dominante.
Muy poco tiempo pasó , y a partir de mediados de la década de los ´80, el concepto de «Universalismo», fue barrido por el de «Globalización» a partir del momento que Margaret Tatcher, pronunciara su famosa frase «No Socieity».
La globalización, llevó a la uniformización cultural de una gran parte de las sociedades del mundo. Uniformizando en consecuencia, los objetivos personales de los individuos a través la puesta a disposición de tecnologías de comunicación y de acceso masivo al consumo y a la información.
La consecuencia, la crítica acerba y el olvido de la noción de «bien común».
El estado, es justamente, el primero de los bienes comunes de una sociedad.
El negacionismo y el complotismo tienen riendas sueltas. Cada uno es dueño de la verdad, y de la solución. El cielo se nos cae sobre nuestras cabezas, y hay gentes «muy serias y en corbata» que siguen afirmando e imponiendo sus alegaciones como que «el cambio climático no existe».
Las Democracias Iliberales brotan en todos los continentes, con el corolario de mentiras y odios. Cuentan con una capacidad financiera y mediática arrolladoras.
Las sociedades se dejan seducir por discursos fáciles, y se encierran en sí mismas, el miedo al «gran remplazamiento» se vende muy bien. Al extranjero se lo percibe como un ser esencialmente peligroso. Este sentimiento, no anima solamente a una gran parte de la sociedad europea, que en sus momentos de crisis y de hambrunas, se exiliaron hacia tierras más hospitalarias.
¿Qué podría decirle a alguien de Hernando que me preguntara sobre la eventualidad de partir al extranjero? No pienso que mi opinión sería pertinente, suelen ser muchas y contradictorias las razones de tal proyecto. Desde un tiempo he notado un incremento de argentinos que viven por aquí, las condiciones para lograr la posibilidad de residir en los países de Europa, son cada vez más duras. La mayor parte de los compatriotas que logran instalarse son aquellos que han formalizado parejas mixtas.
En todos los casos, creo que la condición fundamental para realizar tal proyecto es, la capacidad de adaptación, la voluntad, la apertura de espíritu, la franqueza y la confianza en el otro.
Por mi parte, en la medida de lo posible continúo viajando a Hernando. Buena parte de mi vida fue allá, buena parte de mis seres más queridos están allá, los paisajes, los olores y el humor también."