Por generaciones, en Hernando hubo una puerta entreabierta detrás de la cual se oía una máquina de coser. El oficio de la costurera no solo sobrevivió al paso del tiempo: hoy vuelve a ocupar un lugar central en la vida cotidiana, impulsado por razones económicas, culturales y también emocionales.
En un país atravesado por crisis, los oficios tradicionales recuperan prestigio. Esa vigencia se expresa en pequeños talleres barriales. Uno de ellos abrió hace pocas semanas en la calle 25 de Mayo 342, donde funciona el estudio de costura de Alejandra Rojas. Llegó a la ciudad hace dos años y ya empieza a ser reconocida por su trabajo.
"Entre los dieciséis y los dieciocho años me di cuenta de que lo mío era la costura, las telas", cuenta. Desde entonces, coser dejó de ser una tarea ocasional para convertirse en una forma de vida. Tener hoy su propio taller es la concreción de un sueño y la continuidad de una tradición profundamente arraigada.
Durante décadas, casi todas las casas tuvieron una máquina de coser. Luego, la ropa industrial y barata desplazó estos espacios. Pero el péndulo volvió. "En los últimos años se vio un cambio cultural", explica Alejandra. La memoria de los abuelos, la necesidad de cuidar los gastos y una incipiente conciencia ambiental empujan a reparar y reutilizar antes que descartar.
Las compras online reforzaron esa demanda. "Compran talles que no coinciden con los nuestros y llegan al taller prendas que no calzan", relata. La costurera vuelve a ser el nexo entre el mercado global y los cuerpos reales.
Para Alejandra, la costura es también una salida laboral y un camino de autonomía. "No es solo un oficio tradicional, es un emprendimiento", afirma. Ser su propia jefa y ayudar en situaciones urgentes forma parte de una ética del trabajo que sostiene la economía cotidiana de ciudades como la nuestra.
El vínculo con la comunidad es clave. En una ciudad chica, la costurera no es anónima. "Después la gente te reconoce en la calle", cuenta. Ese boca en boca construye confianza y trabajo.
La principal fortaleza del oficio sigue siendo la personalización. "Vos lo hacés a tu medida, a tu gusto, a tu talle", dice. En un sistema que deja cuerpos afuera, la modista ofrece una respuesta concreta. Desde arreglos clásicos hasta reciclado de prendas, el taller recibe demandas diversas.
Alejandra ya piensa en el futuro. Da clases de costura y planea sumar talleres para niñas en 2026. Transmitir el oficio es, para ella, una apuesta cultural y social: preservar un saber y ofrecer una herramienta laboral.
Desde su espacio de costura, ella no solo cose telas. Demuestra que algunos oficios, lejos de desaparecer, saben reinventarse y hasta pueden potenciarse con el paso del tiempo.