Hay actividades que dejan algo más que un resultado material. En el taller de cerámica "Amar", que funciona en Liniers 26 bajo la coordinación de Mara Becaria, las piezas terminadas son importantes, pero no constituyen el principal aprendizaje. Lo que ocurre durante el proceso suele transformar a las personas de una manera más profunda.
Cada semana, niños, jóvenes y adultos se reúnen durante dos horas para modelar arcilla y dar forma a objetos que luego podrán utilizar en sus propias casas. Tazas, platos, bandejas, tarteras, budineras y piezas decorativas aparecen poco a poco entre las manos de quienes llegan sin necesidad de tener experiencia previa.
La propuesta tiene algo de artesanal y algo de terapéutico. Mientras las manos trabajan, la atención se concentra en una tarea concreta. El tiempo parece adquirir otro ritmo y la mente encuentra un espacio diferente al de las obligaciones cotidianas.
"La idea es poder crear, pero también disfrutar del momento y conectar con lo que se está haciendo", explica Mara.
La cerámica posee una particularidad que la distingue de otras formas de expresión artística: obliga a respetar los tiempos de cada etapa. Una pieza no puede acelerarse. Una vez modelada debe secarse durante semanas antes de ingresar al primer horneado. Después llega el esmaltado y una nueva cocción. Recién entonces está lista para acompañar la mesa de una familia o decorar algún rincón de una casa.
El recorrido completo demanda aproximadamente un mes y medio.
Ese tiempo de espera, que para muchas personas puede parecer excesivo, termina convirtiéndose en uno de los grandes aprendizajes del oficio. La ansiedad encuentra allí un desafío permanente. No existe la posibilidad de adelantar etapas ni de obtener resultados inmediatos.
"Estamos acostumbrados a querer ver todo terminado enseguida, pero acá cada proceso tiene su tiempo. Eso se trabaja muchísimo", cuenta la tallerista.
La enseñanza resulta valiosa para todas las edades. Los niños descubren que algunas cosas importantes requieren paciencia. Los adultos, por su parte, encuentran una actividad que les permite desacelerar y aceptar que no todo depende de la velocidad con que se desea alcanzar una meta.
El fenómeno se repite tanto en niños como en adultos. La satisfacción de observar una pieza terminada genera una sensación de logro difícil de describir. Lo que comenzó siendo una idea se convierte en un objeto concreto, creado con las propias manos.
La utilidad de las piezas suma otro elemento singular. A diferencia de otras expresiones artísticas destinadas únicamente a la contemplación, la cerámica permite fabricar objetos que acompañan la vida cotidiana. Una taza para el desayuno, una fuente para cocinar, una bandeja para compartir una comida o un recipiente para decorar el hogar conservan la huella de quien los creó.
Cada pieza posee una historia. No salió de una línea de producción industrial. Nació de un proceso que incluyó decisiones, correcciones, paciencia y dedicación.
Quizás por eso quienes comienzan a trabajar con arcilla suelen hablar menos de las piezas que producen y más de lo que sienten durante el proceso. La cerámica enseña a esperar, a aceptar que no todo sale según lo planeado, a convivir con los errores y a confiar en las propias posibilidades.